Netanyahu conserva el centro del poder pese al desgaste y la falta de mayoría parlamentaria

Las proyecciones ubican a su bloque en 53 bancas, por debajo de las 61 necesarias para formar gobierno, mientras las negociaciones poselectorales definirán el próximo equilibrio político en Israel.

El resultado de las elecciones de 2026 dejó a Benjamín Netanyahu debilitado, pero todavía como figura central de la política israelí. Con casi 19 años acumulados al frente del Gobierno en distintos períodos, el primer ministro llegó a los comicios después de guerras en varios frentes, una sociedad exhausta y una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad.

Con el escrutinio aún incompleto, las proyecciones situaban al bloque de Netanyahu en 53 escaños, frente a 48 de la oposición encabezada por Gadi Eisenkot. La Knéset tiene 120 bancas y se necesitan 61 para formar gobierno. Los partidos árabes, que representan a cerca del 21 por ciento de la población israelí, podrían alcanzar 19 escaños, una cifra histórica que los convertiría en actores decisivos, aunque varios dirigentes opositores rechazan gobernar con ellos.

La falta de acuerdo entre sus adversarios mantiene abierta la posibilidad de que Netanyahu conserve el poder. La oposición coincide en desplazarlo, pero no logra consensuar una mayoría alternativa. El primer ministro aprovecha esa división para presentar cualquier pacto con los partidos árabes como una amenaza a la identidad nacional. Si las negociaciones fracasan, el bloqueo institucional podría prolongarse y mantenerlo como primer ministro en funciones.

El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 había puesto en cuestión la legitimidad construida por Netanyahu como garante de la seguridad de Israel. La masacre expuso fallas de inteligencia y defensa, mientras investigaciones periodísticas revelaron que autoridades egipcias habían advertido sobre un posible ataque. Netanyahu negó haber recibido esas advertencias y atribuyó las fallas a los organismos de seguridad. La responsabilidad política por lo ocurrido continúa siendo uno de los principales conflictos internos.

La ofensiva en Gaza elevó los costos militares e internacionales para Israel por la devastación del territorio palestino, las decenas de miles de muertos y el deterioro de la posición del país. El Gobierno mantuvo como objetivos la seguridad bajo control israelí y la eliminación de Hamás como fuerza militar y de gobierno, sin avanzar hacia una solución política duradera. La expansión de los asentamientos en Cisjordania y el respaldo de los socios ultranacionalistas de Netanyahu a la anexión de territorio palestino reducen el espacio para una solución de dos Estados.

La confrontación con Irán también reforzó el respaldo de sectores que priorizan impedir nuevas amenazas, aunque no eliminó el problema estratégico. Los ataques estadounidenses e israelíes degradaron capacidades militares y eliminaron figuras centrales del régimen, pero Teherán conservó recursos para responder y prolongar un enfrentamiento con consecuencias para la seguridad regional, los mercados energéticos y la estabilidad de los países del Golfo. Nueve días antes de las elecciones, Donald Trump respaldó la reelección de Netanyahu, a quien calificó como un “gran primer ministro guerrero” y un socio para la paz en la lucha contra Irán.

El primer ministro, sin embargo, enfrenta cuestionamientos por las demandas de una investigación estatal sobre los fallos del 7 de octubre, su juicio por corrupción, la violencia de los colonos y el conflicto por las exenciones militares de los ultraortodoxos. La ultraderecha religiosa aporta los votos necesarios para sostener su proyecto, pero condiciona su política hacia los palestinos y dificulta acuerdos con sectores moderados. Netanyahu perdió fuerza, aunque la fragmentación de sus rivales continúa siendo su principal ventaja y el desenlace de su continuidad dependerá de las negociaciones posteriores a los comicios.

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