Zaragoza, una ciudad para recorrer entre el Ebro, catedrales y tapas

Zaragoza volvió a concentrar miradas el 12 de agosto, cuando el eclipse solar total pudo observarse desde el Puente de Piedra, sobre el Ebro, y la ocupación hotelera alcanzó su capacidad. Sin embargo, la capital aragonesa ofrece una trama urbana que excede aquel fenómeno: patrimonio religioso, huellas romanas, mercados, espacios verdes y una gastronomía pensada para compartir forman parte de un recorrido que se hace, en buena medida, a pie.

El río organiza la orientación en la ciudad y el casco histórico reúne varios de sus principales atractivos. El tranvía vincula distintos sectores, mientras que los parques introducen pausas en zonas de circulación intensa. Esa proximidad entre servicios, lugares de uso cotidiano y áreas de descanso es uno de los rasgos por los que Zaragoza aparece asociada a la idea de ciudad de los 15 minutos.

Un centro marcado por dos catedrales

La Plaza del Pilar es el núcleo de esa concentración urbana. Allí conviven la Basílica del Pilar, la Catedral del Salvador —conocida popularmente como La Seo—, La Lonja, el Ayuntamiento y la iglesia de San Juan de los Panetes. El espacio adquiere usos diversos según la ocasión, desde encuentros cotidianos hasta celebraciones, conciertos o manifestaciones.

La Basílica del Pilar, de estilo barroco, obtuvo el título de catedral en 1676 y el de basílica en 1948. Conserva obras de Goya, capillas, un órgano y un retablo de alabastro del siglo XVI. También resguarda dos bombas que cayeron durante la Guerra Civil sin explotar. Desde una de sus torres, los puentes y el Ebro permiten observar la relación histórica entre el agua y el crecimiento de la ciudad.

La Catedral del Salvador se asienta en un sitio ocupado antes por el foro romano de Caesaraugusta, una iglesia visigoda y la mezquita mayor de Saraqusta. Esa sucesión explica la convivencia de estilos, del románico al neoclásico. En el exterior se distingue la Parroquieta de San Miguel, exponente del mudéjar aragonés incluido por la UNESCO dentro del Patrimonio Mundial.

Mercado, parques y una mesa para compartir

La Lonja fue levantada entre 1541 y 1551 para albergar las operaciones de los mercaderes locales. Considerado el primer edificio plenamente renacentista de Zaragoza, hoy funciona como sala de exposiciones. Cerca de allí, San Juan de los Panetes conserva una torre mudéjar inclinada, del siglo XVI; el nombre de la iglesia remite a la entrega de pan a personas necesitadas que se realizaba en ese lugar.

El Mercado Central ocupa el emplazamiento del mercado zaragozano desde la Edad Media. El edificio diseñado por Félix Navarro abrió en 1903 y combina hierro, piedra, ladrillo y cristal. En su fachada, las letras de ZARAGOZA se distribuyen en los capiteles, mientras que el arco principal lleva la inscripción “AÑO 1903”.

Entre los espacios abiertos se destaca el Parque Grande José Antonio Labordeta, con unas 44 hectáreas, lagos, fuentes, senderos y jardín botánico. En El Tubo, en cambio, la experiencia se concentra en las calles y los bares: ternasco de Aragón, champiñones, boquerones, sardinas y jamón integran una propuesta de tapas acompañada por vermut, vino, cerveza o tinto de verano. El guirlache, elaborado con almendras y azúcar, completa una tradición gastronómica que también encuentra en productos simples, como los tomates, uno de sus mayores atractivos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *