Trump y Xi buscan administrar una rivalidad que atraviesa comercio, tecnología y seguridad

La tregua comercial no resuelve las diferencias entre Estados Unidos y China, cuyos intereses chocan también por Taiwán, Irán, la inteligencia artificial y la competencia por la influencia global.

La cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Washington expuso la necesidad de que Estados Unidos y China encuentren una forma de convivir con una rivalidad que seguirá condicionando su relación. La tregua comercial fue extendida hasta el 10 de enero, pero quedaron pendientes las diferencias en materia de comercio, inteligencia artificial y los mecanismos para evitar que un incidente tecnológico derive en una crisis de seguridad.

El vínculo combina una fuerte interdependencia económica con una competencia estratégica cada vez más amplia. Washington intenta reducir su dependencia de Pekín sin provocar nuevas interrupciones en las cadenas de suministro, mientras que China busca conservar el acceso al mercado estadounidense sin desarmar el modelo industrial que la convirtió en una potencia manufacturera y tecnológica. Al mismo tiempo, las exportaciones chinas continúan creciendo y el superávit comercial vuelve a niveles extraordinarios, pese a las presiones de una economía interna debilitada y una demanda doméstica que no termina de acompañar su capacidad industrial.

La tecnología es otro de los principales focos de tensión. Estados Unidos procura preservar su ventaja en chips y modelos avanzados, y aplica controles sobre semiconductores para limitar el acceso chino a esa tecnología. Pekín considera esas medidas un obstáculo para alcanzar a su competidor y busca desarrollar capacidades propias. En ese contexto, ambos gobiernos plantearon mantener la inteligencia artificial bajo control humano y sus funcionarios acordaron avanzar hacia un mecanismo de comunicación para incidentes vinculados con esa tecnología.

Taiwán continúa siendo el punto más sensible de la disputa. Xi reiteró la oposición de China a la independencia de la isla y cuestionó las ventas de armas estadounidenses a Taipéi. Esas operaciones siguen formando parte del respaldo de Washington a la capacidad defensiva taiwanesa, aunque Trump llegó a mantener en suspenso un paquete valuado en unos 14.000 millones de dólares. La guerra con Irán agrega otra dimensión: la Casa Blanca pretende que Pekín use su relación con Teherán para contribuir al final del conflicto, mientras China insiste en la negociación y se resiste a emplear su influencia en los términos exigidos por Estados Unidos.

La competencia entre ambas potencias también se proyecta sobre Medio Oriente, las cadenas energéticas, las rutas comerciales, los minerales críticos y el Sur Global. China conserva instrumentos capaces de afectar a la economía estadounidense y a sus aliados, mientras Estados Unidos mantiene ventajas tecnológicas, financieras y militares. En noviembre, APEC volverá a poner bajo presión la relación con Xi como anfitrión, y en diciembre el G20 ofrecerá otro escenario de negociación bajo la presidencia de Trump. Esos encuentros mostrarán si la distensión de Washington fue una pausa táctica o el inicio de una nueva forma de administrar la competencia.

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