La concentración de la producción agropecuaria, la generación de divisas y el respaldo electoral en los principales estados del sector vuelven a poner en primer plano la relación entre estructura económica y poder político.
Los principales estados agropecuarios de Brasil —Mato Grosso, Paraná, Goiás, Rio Grande do Sul, Mato Grosso do Sul, Minas Gerais, São Paulo y Bahía— reúnen una parte significativa de la producción nacional de granos, carne y cultivos industriales. También concentran grandes núcleos de población, mayores niveles de PIB per cápita y menor desocupación, condiciones que limitan la representación electoral de Lula da Silva en esos territorios.
La Sociedad de Acopiadores de Granos de la Provincia de Córdoba sostuvo que el voto de los estados agropecuarios y motores económicos del país fue decisivo y expresó un fuerte respaldo al candidato conservador y de derecha, tanto en la elección presidencial como en las gobernaciones. La soja, la carne, el petróleo y la minería conforman en Brasil cuatro sectores estratégicos impulsados por la demanda de China, Estados Unidos y Europa. De acuerdo con datos de la CEPAL sobre exportaciones de materias primas, ese esquema convive con una caída de las exportaciones de manufacturas.
El antecedente conceptual del “soy power” se remonta a una nota de Héctor Huergo publicada el 10 de enero de 2009, aunque la idea había surgido durante el conflicto por las retenciones móviles de 2008, originado por la Resolución 125. Huergo describió entonces el desplazamiento del centro de gravedad económico hacia el eje Rosario-Córdoba y vinculó ese proceso con la tecnología, la inversión y la denominada Segunda Revolución de las Pampas. También planteó que el campo y la agroindustria representaban el 40% de la mano de obra nacional y el 45% de los ingresos fiscales, mientras que las exportaciones de productos primarios y manufacturas agropecuarias superaban el 60% del total.
Un documento de trabajo publicado en 2014 por Martín Burgos, Andrea Medina y el autor del material sobre la cadena de valor de la soja señaló que el ingreso de compradores de Asia oriental y, en menor medida, de Medio Oriente desplazó a clientes europeos y modificó la geopolítica de los alimentos. En la Argentina, la expansión del cultivo elevó los ingresos por derechos de exportación, pero también desplazó producciones destinadas al mercado interno, profundizó problemas ambientales, impulsó la deforestación asociada al encarecimiento de los arrendamientos y contribuyó al éxodo rural.
En Brasil, entre 2002 y 2012 la superficie sembrada con soja promedió 22 millones de hectáreas y la producción alcanzó un promedio de 59 millones de toneladas. El área creció en ocho millones de hectáreas, aunque ocupaba menos del 6% de una superficie agrícola estimada en 400 millones de hectáreas. Mato Grosso y Paraná concentraban casi la mitad de la producción nacional, mientras que la distancia entre Mato Grosso y los puertos del Atlántico elevaba los costos logísticos. Esta estructura puede analizarse mediante la noción de estructura productiva desequilibrada de Marcelo Diamand: un sector agropecuario internacionalmente competitivo y generador de divisas convive con una industria con mayores dificultades para competir y obtenerlas.