El aumento de los alquileres entre personas de 60 años o más se vincula con el acceso tardío a la propiedad, la informalidad laboral, las dificultades para ahorrar y las restricciones del crédito hipotecario.
La Fundación Tejido Urbano estimó que 359.754 personas de 60 años o más viven actualmente en viviendas alquiladas en los principales aglomerados urbanos de la Argentina. En la Ciudad de Buenos Aires, los hogares inquilinos con jefatura de 65 años o más pasaron de 29.949 en 2001 a 53.453 en 2022, mientras que su participación dentro de esa franja etaria aumentó del 10,2% al 14,7%. En el mismo período, la proporción de propietarios cayó del 82,4% al 76,2%.
El fenómeno se relaciona con trayectorias laborales y habitacionales más extensas dentro del mercado de alquiler. En 2025, el 60% de los jefes de hogar porteños de entre 25 y 29 años eran inquilinos. El alquiler también predominaba durante los treinta y la propiedad recién se acercaba al equilibrio entre los 40 y 44 años, una transición que en 2005 se producía una década antes.
La postergación del acceso a la vivienda propia también aparece entre los jóvenes: durante el primer trimestre de 2026, 1.946.957 personas de entre 25 y 35 años vivían con sus padres o abuelos, el 39,7% del total de ese grupo etario. En la Ciudad de Buenos Aires, la proporción alcanzaba al 26,2%. Entre los jóvenes ocupados de esa edad, el ingreso promedio superaba $1,1 millones para quienes tenían un empleo formal y rondaba los $561.000 entre los trabajadores informales.
Las restricciones no se limitan a los ingresos. Un ejercicio de Tejido Urbano calculó que 109.374 hogares inquilinos de la Ciudad de Buenos Aires alcanzaban el ingreso mínimo para financiar mediante crédito un departamento de dos ambientes; al sumar la exigencia de formalidad laboral, el número descendía a 99.536. Matías Araujo, investigador de la fundación, señaló que también es necesario contar con ahorros para cubrir el anticipo. En CABA, un dos ambientes representaba durante 2026 alrededor del 38,1% del salario medio: el esfuerzo era cercano al 26% para un asalariado formal registrado y podía superar el 50% entre trabajadores informales.
Entre los hogares inquilinos porteños con jefatura de 65 años o más, el 56,5% era unipersonal y el 15,1% estaba integrado exclusivamente por una pareja. Además, el ingreso a un contrato de dos ambientes podía requerir entre $3 millones y $3,5 millones por depósito, adelanto, garantía y otros gastos iniciales. La Fundación Tejido Urbano detectó 73.521 hogares inquilinos con déficit habitacional, 58.468 con otras privaciones habitacionales y unos 131.000 en riesgo habitacional. Al descontar el alquiler, 233.284 personas modificaban su situación socioeconómica: la indigencia pasaba del 1,9% al 6,9% y la pobreza, del 7% al 9,7%.
Bárbara Bonelli, directora ejecutiva de Hábitat para la Humanidad Argentina, sostuvo que la falta de garantías, ingresos formales o confianza entre propietarios e inquilinos deja parte de la oferta fuera del circuito formal. La organización impulsa una propuesta de Inmobiliaria Social para incorporar viviendas vacías por problemas de habitabilidad, mantenimiento o cuestiones legales y facilitar el acceso de familias que pueden pagar, pero no cumplen con los requisitos tradicionales. El escenario también alcanza a personas mayores con ahorros, activos o redes familiares, aunque el aumento de hogares que llegan al retiro sin una vivienda propia plantea un desafío habitacional y previsional.