El apagón en el AMBA expuso los límites de los pagos digitales ante fallas de infraestructura

El apagón que afectó este fin de semana a gran parte del Área Metropolitana de Buenos Aires puso en evidencia un aspecto cotidiano de la vida urbana: la dependencia de la energía y la conectividad para realizar pagos. Con una falla originada en una subestación eléctrica, cerca de 600.000 usuarios quedaron sin suministro y miles de semáforos dejaron de operar, mientras comercios y consumidores afrontaban dificultades para resolver compras básicas.

La interrupción no se limitó a la iluminación o al tránsito. Sin energía, numerosos instrumentos vinculados a los pagos electrónicos pierden operatividad: billeteras virtuales, terminales de cobro y transferencias requieren dispositivos cargados, señal y redes activas. En ese escenario, el dinero físico recupera una función inmediata para quienes disponen de él.

Alternativas ante una interrupción

El episodio volvió a instalar la discusión sobre cómo se organiza un sistema de pagos frente a contingencias. La expansión de las herramientas digitales convive con vulnerabilidades propias de su infraestructura. Un corte eléctrico, un ataque informático o una caída generalizada de sistemas pueden afectar al mismo tiempo canales que, en condiciones habituales, permiten comprar, vender o transferir fondos con rapidez.

La experiencia en Buenos Aires se inscribe en un problema más amplio. Distintas interrupciones registradas en otros lugares muestran que la capacidad de respuesta de una sociedad no depende solamente de incorporar tecnología, sino también de preservar mecanismos alternativos para cuando esa tecnología no está disponible. La coexistencia de medios de pago aparece, bajo esa mirada, como una condición de continuidad y no como una oposición entre modelos.

El efectivo conserva además un papel relevante en la inclusión financiera. No todas las personas cuentan de manera permanente con acceso a aplicaciones o conectividad, y los comercios tampoco disponen de una infraestructura tecnológica uniforme. Poder elegir el instrumento de pago según la circunstancia resulta especialmente significativo cuando un servicio esencial se interrumpe.

El uso de efectivo en el país

Los datos del Banco Central reflejan que el efectivo mantiene circulación en la economía argentina. El último Informe de Pagos Minoristas indicó que solo en diciembre de 2025 se realizaron más de 55,5 millones de extracciones mediante cajeros automáticos en todo el país, por un monto de 5,3 billones de pesos.

También existen antecedentes sobre el comportamiento de los usuarios ante escenarios de inestabilidad. De acuerdo con el Global Payments Report de McKinsey, durante períodos de incertidumbre o de interrupciones en la infraestructura, la demanda de efectivo suele aumentar entre un 8% y un 15%. El informe asocia esa reacción con la búsqueda de un recurso que pueda utilizarse sin depender de una red en funcionamiento.

El corte en el AMBA dejó así una señal que excede el debate energético. La innovación en los pagos puede ampliar opciones y agilizar operaciones, pero la solidez del sistema también requiere instrumentos que no queden sujetos a un único punto de falla. La disponibilidad de efectivo, junto con los canales digitales, forma parte de esa red de respaldo cuando las condiciones normales dejan de estar garantizadas.

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