La sala del Hotel Alvear a la que le habló un desmejorado Milei estaba a medio llenar. Fue una metáfora de la decepción que sienten por él incluso los varones jóvenes.
El affaire Cerimedo coló su cuña en medio de un escenario ya electoral que solo continúa presentando incertidumbres. ¿Será que este show de bajos fondos, de servicios, de corrupción y andanzas de Los Hermanos, con su correlato de ser o parecer más casta que cualquiera, contribuye a afectar sus perspectivas de reelección?
¿Será que, junto con otros por el estilo, es otro episodio irrelevante para cuando haya que votar? Que, a la hora de los bifes, resolverá la percepción vigente respecto del estado de la economía personal y familiar.
Inclusive: cualquier pesquisa, de la orientación que fuere, demuestra que un alto porcentaje del electorado decide su voto entre el mes y la semana previos a votar. Acaba de añadirse este esperpento detenido en Bolivia, firme sospechoso de femicida o feminicida, que fue uno de los arquitectos o ejecutores de campaña mileístas por vía de «llenar el espacio de mierda» según la excelsa definición de Steve Bannon.
Y a pagar caro «la locura de los pañuelitos verdes», debido a la caída de la tasa de natalidad y el sustento del sistema previsional.