La expansión de la inteligencia artificial volvió cotidiana una discusión que atraviesa a la educación: cómo incorporar una tecnología de alcance universal sin reducir el debate a sus riesgos ni aceptar una adopción sin control. El planteo ubica el principal desafío en las fragilidades de los sistemas educativos, una situación que no considera exclusiva de la Argentina sino extendida en la mayoría de los países.
Ignorar el impacto de la IA, sostiene la mirada expuesta, sería una respuesta tecnófoba y desaconsejable. La responsabilidad de promover su experimentación y comprensión recae en dirigentes sociales, políticos y económicos. La cuestión, sin embargo, excede la disponibilidad de herramientas: interpela qué tipo de formación se busca en un contexto en el que la tecnología modifica las formas de acceder a información y de realizar tareas.
Más que competencias
El modelo propuesto entiende a la educación como una interacción entre competencias, pensamientos y creencias, de la que surge la capacidad humana de aprender. Las competencias remiten al hacer; los pensamientos, a la reflexión; y las creencias, al ser. Esa capacidad de aprendizaje se presenta como la base de las acciones y los comportamientos, y como una manifestación de la educación.
Según ese enfoque, desde la era antigua hasta la industrial predominó una orientación hacia pensamientos y creencias. Más tarde, entre la era industrial y la informática, los sistemas educativos privilegiaron las competencias. La vulnerabilidad actual radicaría en haber sobreestimado ese dominio, mientras la IA avanza hacia una superinteligencia que resulta difícil de superar para las personas en la realización de competencias.
La crisis educativa puede leerse, entonces, como una dificultad para habitar un mundo digital con procedimientos heredados de la era industrial. Frente a ese desajuste, el objetivo no debería limitarse a acumular datos, recibir información o desarrollar destrezas. La educación es planteada como un proceso de desarrollo integral, orientado a que cada persona participe y contribuya de manera activa y responsable en la sociedad.
El lugar de la sabiduría
La propuesta no es competir con la IA, sino integrarla con la sabiduría humana. Comprender sus respuestas, cuestionarlas y volver a preguntar aparece como una habilidad central, en un escenario atravesado por automatismos y por debilidades en procesos básicos de alfabetización de la escuela primaria. La IA, bajo esta perspectiva, exige saber leer, comprender, preguntar, interpretar datos, calcular y decidir.
La sabiduría se define como la capacidad de emplear el conocimiento a partir de la experiencia práctica, el buen juicio y una perspectiva ética. Aporta respuestas a los por qué y los cuándo, preguntas vinculadas con pensamientos y creencias. El pensamiento crítico y los valores constituyen, en ese marco, un diferencial humano frente a las máquinas.
El sistema educativo no debería confundir educación con conocimiento si pretende avanzar hacia esa sabiduría. Para ello, se plantea transformar el rol docente en facilitador de significados y utilizar la IA para acelerar los aspectos simbólicos mientras se ejercita el pensamiento crítico. La tecnología ya forma parte del sistema educativo; el riesgo, según esta posición, no está en su existencia sino en una educación que no logre enriquecer la conciencia.
En la Argentina, cualquier transformación enfrenta además un sistema federal, heterogéneo e ineficiente, para el cual no existe una salida centralizada. El desafío consiste en encontrar caminos educativos que integren la IA sin resignar la reflexión, el criterio ni la dimensión ética del aprendizaje.