La solicitud de bancarrota de Lehman Brothers, presentada el 15 de septiembre de 2008, se convirtió en un quiebre para el sistema financiero internacional. La firma, con 158 años de trayectoria, quedó en el centro de una crisis que ya atravesaba al mercado hipotecario de Estados Unidos y que, tras su caída, adquirió una dimensión global.
La reacción fue inmediata en Wall Street. El Dow Jones cedió 504,48 puntos durante esa rueda, equivalente a una baja del 4,42%, en un contexto de extrema incertidumbre sobre la salud de bancos, fondos y otras entidades expuestas a activos inmobiliarios. Ese mismo día, Bank of America concretaba la adquisición de Merrill Lynch, mientras las autoridades intentaban limitar la expansión de la tensión.
Una exposición que quedó bajo sospecha
Lehman había apostado fuerte al negocio inmobiliario en los años de crédito abundante y precios de las viviendas en alza. El esquema comenzó a deteriorarse cuando crecieron los incumplimientos de pagos hipotecarios y los instrumentos asociados a esos préstamos perdieron valor. Entonces surgieron dudas entre los inversores sobre la valuación de la cartera de la entidad y sobre su capacidad para cumplir sus compromisos.
El problema no se reducía a los créditos originales. Las hipotecas subprime habían sido reunidas y transformadas en títulos que circularon por bancos, fondos y otros participantes del mercado. Cuando la morosidad se profundizó, esa red de instrumentos trasladó la incertidumbre hacia distintos segmentos financieros. La caída de los precios de las viviendas agravó el cuadro: quienes no podían afrontar sus cuotas encontraban mayores dificultades para vender sus propiedades y cancelar sus deudas.
En los días previos a la quiebra, funcionarios de la Reserva Federal, el Tesoro estadounidense y la Comisión de Bolsa y Valores buscaron una alternativa privada. Barclays y Bank of America fueron mencionados como eventuales compradores, pero no se alcanzó un acuerdo. El principal obstáculo era la responsabilidad por las pérdidas ligadas a activos que se habían deteriorado.
Sin un rescate específico
La filial de Lehman dedicada a operaciones con valores ya había recurrido a mecanismos excepcionales de liquidez. El viernes anterior mantenía u$s18.500 millones pendientes en una de esas líneas de la Reserva Federal y el lunes obtuvo otros u$s28.000 millones por otra facilidad crediticia. Sin embargo, no se dispuso un programa de salvataje particular para la compañía.
Ese desenlace contrastó con otras decisiones tomadas durante la crisis. Bear Stearns había contado con asistencia para su venta a JPMorgan Chase y, al día siguiente del derrumbe de Lehman, la Reserva Federal respaldó a AIG. Antes, Fannie Mae y Freddie Mac habían sido intervenidas por el Gobierno estadounidense en septiembre de 2008, luego de acumular pérdidas significativas.
La quiebra excedió rápidamente a Nueva York. Lehman mantenía acreedores, operaciones y contrapartes en diversos países, por lo que su desplome repercutió en mercados internacionales. El FMI ubica el inicio de la etapa más intensa de la crisis después del colapso de septiembre de 2008, un episodio que dejó al descubierto la interconexión y fragilidad del sistema crediticio.