Una reflexión sobre la falta de tiempo, el ocio y la posibilidad de suspender durante sesenta segundos la actividad cotidiana.
La falta de tiempo se convirtió en una de las obsesiones de la vida contemporánea. Incluso cuando aparece un minuto libre, suele ser ocupado de inmediato, como si dejarlo pasar fuera un desperdicio.
La escala del universo expone el carácter desproporcionado de esa urgencia. Dentro de unos cuatro o cinco mil millones de años, el Sol agotará el hidrógeno de su núcleo y cambiará para siempre el destino de la Tierra. En contraste, las personas suelen vivir pendientes de llegar a tiempo a una reunión o cumplir con una agenda.
El ocio quedó relegado al terreno de lo superfluo. El descanso suele justificarse como una forma de recuperar fuerzas para continuar produciendo, mientras que el tiempo que no se dedica a producir se orienta al consumo. Así, la posibilidad de leer, pasear, encontrarse con alguien o simplemente aburrirse aparece como un deseo difícil de defender cuando finalmente se presenta.
La reflexión plantea que el tiempo es uno de los bienes sobre los que menos capacidad de decisión se tiene. Aunque una persona pueda disponer de una casa, un auto, un celular, una cuenta bancaria y cierto margen de libertad, sus horas suelen estar comprometidas con algo o con alguien.
También propone imaginar que toda la humanidad interrumpiera sus actividades durante sesenta segundos exactos. Nadie hablaría, movería un dedo, miraría el teléfono, enviaría mensajes, manejaría ni daría órdenes. Durante ese lapso no habría precios en alza, lanzamiento de bombas, estafas, insultos, notificaciones ni ruido.
Después de ese minuto, todo podría volver a funcionar de la misma manera. Pero la pausa permitiría comprobar que el mundo puede prescindir de la actividad humana sin desmoronarse, mientras el Sol continúa su curso y la Tierra gira sin atender a los plazos de las personas.