A 13 meses de las elecciones presidenciales, el desgaste, la desconfianza, la descoordinación y el desconcierto atraviesan al oficialismo y a la oposición.
A poco más de un año de las elecciones presidenciales, permanecen abiertas hipótesis muy diferentes sobre el resultado. El oficialismo podría imponerse en primera o segunda vuelta, Javier Milei podría no competir y ser reemplazado por otro candidato promercado, el peronismo podría regresar al poder o la izquierda trotskista lograr una elección destacada.
También aparecen posibles escenarios de fragmentación, similares al de 2003, con varias candidaturas de centroderecha, un peronismo dividido y la izquierda. Otra alternativa sería una elección comparable con la de 2007, si el Gobierno superara el 45% de los votos o alcanzara al menos el 40% con una diferencia de diez puntos sobre el segundo, en un contexto de oposición dividida. Tampoco se descarta un triunfo oficialista contundente si sus adversarios multiplican las candidaturas y algunos dirigentes optan por preservar sus posibilidades para 2031.
El desgaste alcanza tanto al Gobierno como a las fuerzas opositoras. El plan económico oficial obtuvo logros iniciales, pero todavía está lejos de cumplir la promesa de llevar la inflación a un dígito, mientras la inversión permanece en mínimos históricos y continúa el deterioro del mercado laboral. Esa situación erosionó la imagen presidencial y la confianza en la administración, aunque el apoyo que conserva, estimado entre 30% y 40%, todavía lo mantiene como el candidato a vencer.
La oposición, en tanto, no logra transformar las dificultades del oficialismo en propuestas alternativas, creíbles y capaces de atraer respaldo. Axel Kicillof evitó precisar sus instrumentos de gobierno ante un inversor en Nueva York, mientras Hernán Lacunza planteó un régimen de incentivos para la construcción y una salida del cepo, sin lograr diferenciarse con claridad de la oferta libertaria. En ese vacío, se plantea la posibilidad de que un dirigente ajeno a las estructuras tradicionales ocupe el espacio disponible.
La desconfianza atraviesa a consumidores, inversores, ahorristas, dirigentes políticos y al propio gabinete. Ese clima impulsa la dolarización de carteras y las coberturas frente a una eventual corrida cambiaria. Desde el equipo económico calcularon una demanda adicional de unos 7.000 millones de dólares para el próximo año, por debajo de los 40.000 millones requeridos el año anterior. A ese escenario se sumó el proyecto de Máximo Kirchner para aplicar un impuesto del 3% a las transferencias de capitales al exterior.
La descoordinación completa el cuadro: la mesa política del Gobierno, los partidos, los sindicatos, los empresarios y las organizaciones civiles no consiguen establecer acuerdos duraderos. Los gobernadores no definen una agenda común y los intendentes bonaerenses tampoco consensúan una salida frente a las restricciones para las reelecciones indefinidas ni una fórmula para la gobernación. Sin un plan estratégico de desarrollo ni políticas de Estado sostenidas en el tiempo, el desconcierto deja al país expuesto a una nueva oscilación entre proyectos contrapuestos.