Las tasas largas de EEUU volvieron a subir pese a las recompras del Tesoro. El déficit fiscal, la inflación, la mayor emisión de deuda y el retiro de compradores históricos explican la presión sobre los rendimientos.
El miércoles por la mañana, el Tesoro estadounidense sorprendió al mercado con un anuncio que rompió con la previsibilidad que suele dar la entidad. El Departamento que conduce Scott Bessent comunicó que al menos duplicaría el tamaño de sus recompras de deuda de largo plazo, llevando el máximo de las operaciones de u$s2.000 millones a por lo menos u$s4.000 millones, con foco en los tramos de 10 a 20 y de 20 a 30 años.
El programa arranca el 9 de septiembre y se extiende hasta el 4 de noviembre. El rendimiento del bono a 30 años, epicentro de la maniobra, se desplomó cerca de 9 pbs hasta 5,19%, y el de 10 años cedió 6 pbs a 4,65%.
Lo que hizo del movimiento algo sorpresivo no fue la herramienta en sí, que el Tesoro ya venía usando, sino el momento y la intención. Si la parte corta ya no espera un ajuste inminente de la Fed y, aun así, los rendimientos de 10 y 30 años siguen escalando, la conclusión es incómoda.
Durante décadas, buena parte de la deuda estadounidense era absorbida por compradores oficiales, como bancos centrales y fondos soberanos.