La intervención sumó guardado, organizó las funciones del ambiente y mantuvo la entrada de luz sin ampliar la superficie.
Cuando Franco recibió las llaves de su primer departamento, de 31 metros cuadrados, decidió resolver varios aspectos antes de mudarse. A los 28 años, contactó a la arquitecta Malena Ungaro, fundadora de Ungaro Estudio, para definir una intervención por etapas.
El inmueble había sido entregado vacío, con una cocina básica, sin soluciones de guardado ni una identidad definida. El principal desafío era organizar un único ambiente sin perder luz y, al mismo tiempo, incorporar espacio para la ropa y otros objetos.
La primera apuesta fue un mueble divisorio. Diseñado en MDF laqueado, con puertas y cajones ranurados, aprovecha la parte alta y la base, pero deja abierto el sector central para preservar la amplitud y la iluminación. Así, separa los espacios, aporta intimidad y funciona como el principal lugar de guardado del departamento.
La cocina también incorporó una isla, una decisión que el cliente aceptó y que sumó tanto capacidad de guardado como posibilidades de uso. La barra funciona como espacio de trabajo y como lugar de encuentro para recibir invitados.
La obra se completó en etapas: primero se realizaron el mueble divisor y la isla; luego, el recibidor, el sofá y la mesa ratona; y finalmente, el respaldo de la cama. También se intervinieron las cortinas, las luces y los enchufes. Para mantener una estética masculina, se eligieron tonos grises y negros, mientras que el estuco aportó textura y profundidad con una inversión menor que otras alternativas, como la madera.