La transformación de la Argentina hacia una economía abierta y capitalista podría iniciar un nuevo ciclo de libertad, prosperidad y florecimiento humano en la región; una mayoría significativa parece haber comprendido que el rumbo general es correcto
Tras décadas de estatismo y proteccionismo que condenaron a América Latina al estancamiento, la transformación de la Argentina hacia una economía abierta y capitalista podría iniciar un nuevo ciclo de libertad, prosperidad y florecimiento humano en la región . El cambio argentino aún no está consolidado, pero tal vez haya echado raíces más profundas de lo que muchos analistas reconocen.
Una mayoría significativa parece haber comprendido que la transformación es necesaria y que el rumbo general es correcto, más allá de las críticas legítimas a las formas presidenciales o a determinados aspectos de las reformas. Existe consenso sobre la necesidad de terminar con la inflación, no mediante controles de precios o acuerdos corporativos, sino eliminando el déficit fiscal, deteniendo la emisión monetaria y saneando el Banco Central.
También se ha extendido la idea de que la Argentina necesita una economía abierta, exportadora y competitiva, en lugar del viejo modelo de «vivir con lo nuestro», sustituir importaciones a cualquier costo y repartir una riqueza que el propio sistema impedía producir. Mientras el Gobierno nacional eliminó enormes desequilibrios fiscales y cuasifiscales y bajó impuestos, las provincias aumentaron el año pasado su gasto público un 6,5% real y continúan sosteniendo estructuras sobredimensionadas, empresas deficitarias e impuestos que encarecen cada etapa de la producción.
Es la secuencia propia de una economía en transición: primero se estabiliza la moneda, luego se reconstruye el crédito y finalmente se recuperan la inversión, el empleo y el consumo sostenible.